
Título: Los verbos auxiliares del corazón
Autor: Peter Esterhazy
Editorial: Alfaguara
Sección: Narrativa extranjera
Sobre el autor, perdonad mi pereza -aunque también podríais reconocer en el gesto beatífica humildad-, reproduzco parcialmente la semblanza de la solapa del propio libro: "Peter Esterhazy nació en Budapest (1950). Estudió matemáticas y ejerció durante cuatro años en un instituto de investigación. Entendido en soledades, ángeles y mujeres desde su juventud, tras sus primeras publicaciones siempre ha trabajado como escritor independiente. Desciende de los príncipes Esterhazy -una de las familias nobles más relevantes de Centroeuropa- y hace años que está considerado como el maestro indiscutible de las letras húngaras (...)Entusiasta y diletante, aspira a convertirse en the man for all seasons o, al menos, en un respetable gigoló de la tercera edad como su admirado Bohumil Hrabal.(...)"
Es raro el individuo que al contemplar por primera vez a cualquier miembro de su progenie -por conciencia social y racionalidad es conveniente que no se prodiguen en exceso esos momentos de contemplación extática de la propia obra de uno, salvo que se trate de alguien del Opus, pero aquí hablábamos de racionalidad...Un saludo desde aquí para nuestros lectores y clientes del Opus, por supuesto- no ve en ese ente desvalido, arrugado y maloliente un auténtico milagro de hermosura en el que adivinar las más altas y ennoblecedoras cualidades del espíritu, amén de vertiginosos parecidos. El afecto desfigura y la biografía compone tanto de un libro como el propio autor, salvo contadísimas excepciones -aún hipotéticas salvo para los teóricos de la literatura, críticos literarios y demás faranduleo-. La biblioteca de cada cual es hija suya a medias voluntaria, territorio dado a las incoherencias y delirios, abismo de vivencias más o menos inconfesables -casi siempre confesables aunque casi siempre guste pensar lo contrario por mor del suspense y la intriga, novelistas inevitables que somos todos-. Recomendar un libro conlleva el riesgo de provocar estupor: al fin y al cabo se trata de entreabrir los postigos de nuestra alma y las más de las veces tanta intimidad repele, con razón. Aquí concluye este verboso ejercicio de profilaxis y autojustificación.
El dolor es la más fecunda de las emociones. Lo demás existe por contraste. La única experiencia seminal es la vivencia del dolor. Este libro, construido en una primera persona doble, explora de una manera sincopada -en la voz, la peripecia, la sensación- esta premisa a través del relato de un hijo de la muerte de su madre y la pérdida de un mundo; los recuerdos que se extinguen, la imaginación que recrea y sustituye, el engaño, al fin y al cabo, que elaboramos para nuestra supervivencia. Y ese relatar, el hecho mismo de narrar es, junto con lo anterior, el otro pilar sobre el que se construye esta pieza extraña y seductora: citar es autocitarse, intertextualizar como enseña, la reflexión metaliteraria como constante, difuminar las siempre débiles fronteras de la vida y la literatura, la biografía y el relato como objetivo necesario.
"Me ocupo de lo literario, como siempre convertido, objetivado, en una máquina de formular recuerdos y de escribir. Todo en el mundo existe para concluir en un libro, dice Mallarmé. Ni siquiera me da vergüenza, me he conformado con tener la cara que muestran mis libros. A esto le pondré remedio".
"A veces, durante el trabajo en el relato me he sentido realmente harto de toda esta franqueza y honradez; y he deseado ansiosamente escribir pronto otra cosa, en la que pueda mentir y transfigurarme un poco, como -digamos- de costumbre."
Una cita de Wittgenstein abre y define esta breve pieza: "Quien puede hablar, puede tener esperanza, y viceversa". Y quien puede leer, esto es, hablar con un libro, y escribir, es decir, hablar a través de la escritura, también.
Antonio
